En la sala de juegos

NG ahora tiene un cuarto más grande. Mucho más grande que el mío (hoy) y mucho más grande que el mío cuando yo era niño. En su cuarto tiene una casa, una casa donde entra ella y Pluto, y su Oso Perezoso y su tigre gigante (yo podría entrar fácilmente también en la casa que su mamá le armó en su cuarto). La vista desde su ventana es apacible. Ahora ve tejas y árboles. Si no fuera por la construcción a media cuadra de distancia, la calle sería absolutamente silenciosa. Antes, para llegar al cuarto de NG, había que cruzar ruidos, humo, voces extrañas. Me da gusto que le guste su nuevo cuarto, porque de alguna manera yo tuve que ver con él. Digamos que el azar me escogió para ser parte de su plan. Le pregunto a NG si le gusta su nueva casa. Me dice que sí. Cuando llego lo primero que hace es secuestrarme para que juegue con ella. Ayer fue tocar el tambor. Ella se colocó el teclado como una guitarra ("ritarra" en su mundo), cantamos unas tres canciones, todas ininteligibles, pero divertidas. Luego fue pasear al Oso en su triciclo. Y, justo antes de comer, hacer un pequeño show de títeres. Ella sigue el juego, fantasea conmigo, sabe que todo es parte de la imaginación. Luego en la mesa ella no quiere sopa, pero sí quiere si es que me animo a agarrar la cuchara. Da unos cuantos sorbos, pero prefiere guardar barriga para los tallarines. Tiene un apetito voraz. Su madre la mira como si mirara la aurora boreal o el rayo verde al fondo en el horizonte. Al final de la comida le digo que debo irme, pero ella me dice que no, que si coloca cinco cintas cruzando la entrada de las escaleras es imposible que me vaya. Le digo que me iré, pero que volveré después para seguir jugando. Ella hace cuentas y por su mirada me percato de que poco a poco se va dando cuenta de cuánto es una hora, una tarde, un día, una semana y, pronto, cuánto será nunca. Al final me deja salir. Bajo y ella baja con mamá de la mano. Nos despedimos con un beso y cruzo la calle. Pero escucho su voz que me llama. Volteo y regreso. "Te quiero dar otro beso", me dice. Nos despedimos otra vez, cruzo la calle otra vez, le digo chau con la mano y ella agita la suya. Yo me acordaré de ella siempre, pero sé que ella me olvidará con el tiempo.

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